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Prisión sin paredes


Todos los días son el mismo. Llega el fin de semana y tu mente te da un pequeño respiro pensando que, en ese período “ocioso”, nadie hace progresos. Pero después acaba por venir un nuevo lunes, una nueva semana. Sigue la búsqueda, se desvanecen los ánimos, y así pasan los meses y los años.

Si, yo soy de profesión parado. Uno más de los 5 millones que poblamos el país, cada uno con sus miserias y sus circunstancias a cuestas, aunque parezcamos simples números en una estadística. En mi caso, el miedo de una edad que se va acercando donde las soluciones cada vez son más complicadas, el convencimiento de perder oportunidades únicas en la vida de un hombre por la penuria que arrastro tras de mi como bola de presidiario y la tristeza familiar. Otros tendrán letras que pagar, poca formación, sueños que se van a la basura. Cada uno lleva su condena.

Buscas, pero por dentro estás convencido que, salvo por un golpe de esa suerte que en un 99% de las ocasiones te es esquiva, la situación no cambiará. Quizá habría que hacerle caso a los gurús del pensamiento positivo y vivir en un estado de semi-ensoñación, pero a ciertas personas eso no nos funciona: lo que ves es lo que hay, como dicen los yankis. Y lo que hay es una pura mierda, con perdón de ustedes.

Lo primero es peinar las webs de empleo. Ejercicio infructuoso la mayoría de veces: ofertas repetidas, ofertas que se ajustan a lo que tu crees que puedes ofrecer pero no es así, ofertas innobles que ni siquiera consideras. Búsqueda de dinero con la desgracia ajena, servicios premium, apúntate aquí para destacar sobre los demás. Lo siento, no tengo, no puedo; ni siquiera puedo pagar un móvil para llamar a la única persona que ha hecho que el mundo entero no se desmorone. Antes de darte cuenta has metido mecánicamente dos, cinco, seis, diez curriculum. No quieres caer en la tentación, pero acabas pensando “puede que esta vez si”. Por fuera mantienes cara de poker, te burlas del asunto, mientras por dentro gritas en busca de ayuda de forma silenciosa.

Agotada esa vía, puedes ir al INEM a dar un paseo, o a cualquiera de los cachorros del Gran Instituto Nacional. Vas a por una solución, pero no hay. Como tu, montones de caras derrotadas de antemano; unas más jóvenes, todavía inconscientes de lo pesada que puede ser la carga cuando la llevas tanto tiempo a las espaldas, otras más viejas, que se mueven casi por inercia. No hay psicología que valga aquí, en las trincheras. También usas el recurso de las grandes superficies, pero te ves mayor: quieren personal con 10 años menos, para adiestrarlos a gusto. No cumples requisitos, lo siento, vuelve a intentarlo después de 6 meses. Entonces, al fin y al cabo, sólo tendrás 6 meses más.

Llegado un momento te agotas. Para qué moverme, te preguntas a ti mismo, si va a dar igual. Entonces pasas 10 horas, 12, delante del ordenador, sin hacer nada realmente, pero tratando de evadir un poco la mente. A ratos incluso funciona, pero después terminas por irte a la cama y sientes que la cabeza te estalla con tantos problemas. Claro que es fácil volverse loco, sólo se necesita una situación insostenible durante el tiempo necesario. Y bueno… por un problema más -insomnio- no pasa nada, ¿no?

Sales a la calle y ves a gente que sigue con su vida, que avanza. Oyes los progresos de los demás, mientras tu continúas estancado. Te alegras por ellos y se te revuelven las tripas, a partes iguales, por no ser capaz de ofrecerle algo parecido -algo mejor– a las personas que quieres, y a ti mismo. Si existe el karma, no se qué monstruosidades hemos cometido algunos para merecernos según qué castigos. Opción: no salir a la calle, renunciar a la vida social. Total, a nadie le gusta alguien que dice “ey, pero es que no tengo dinero para ir a ningún sitio“, “ey, pero es que yo vivo con mis padres“, “ey, pero es que aunque sea buen tipo no tengo nada (material) que ofrecer“… y ves el tren pasar, primero la locomotora, luego los vagones, y luego… nada. Las vías.

En definitiva, igual la culpa no es de nadie sino de uno mismo. Si con más recursos a tu disposición que muchos tus resultados son peores, hay que hacérselo mirar. En el terreno laboral. En el terreno económico. En el terreno personal. En el terreno sentimental. Da igual, a por la última opción a la desesperada: jugador de poker profesional. Novelista. Director de cine porno. Franquiciado. Constructor de jaulas artesanales.

Y, a pesar de todo, sólo queda apretar los dientes, tirar hacia adelante y confiar en tiempos mejores. A pesar de que duele como mil años en el infierno que no sean precisamente ESTOS tiempos con ESTAS personas. En eso estamos, en que aún no sea demasiado tarde.

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